Siempre Juntos con Lizmar y Eliu Ramos: Los 7 pecados capitales

El Padre Jose Albero Hidalgo, desde Santiago de los Caballeros nos habla sobre los pecados capitales y sus antidotos:
Siete pecados capitales
El 7 de febrero de 590, la plaga de Justiniano acabó con la vida de Pelagio II y Gregorio I se convirtió en el primer monje en llegar al papado. Desde esa posición concluye sus comentarios pastorales sobre el Libro de Job en su Moralia, sive Expositio in Job. En la misma, revisó los trabajos de Evagrio y Casiano acerca de los pecados capitales (Moralia, XXXI, XVII) y reelaboró esa categoría, reduciendo a siete el número de vicios del comportamiento.

lujuria
ira
soberbia
envidia
avaricia
pereza
gula
San Buenaventura de Fidanza (1218-1274) enumeró los mismos 6​

Santo Tomás de Aquino (1225-1274) respetó esa misma lista, con otro orden:7​

vanagloria (soberbia).
avaricia
glotonería
lujuria
pereza
envidia
ira
El poeta Dante Alighieri (1265-1321) utilizó el mismo orden del papa Gregorio Magno en «El Purgatorio», la segunda parte del poema La Divina Comedia (c. 1308-1321). La teología de La Divina Comedia casi ha sido la mejor fuente conocida desde el Renacimiento (siglos XV y XVI).

Muchas interpretaciones y versiones posteriores, especialmente derivaciones conservadoras del protestantismo y del movimiento cristiano pentecostal han postulado temibles consecuencias para aquellos que cometan estos pecados como un tormento eterno en el infierno, en vez de la posible absolución a través de la penitencia en el purgatorio.

Los pecados capitales
Soberbia

Todo es vanidad…
En casi todas las listas de pecados, la soberbia (en latín, superbia) es considerado el original y más serio de los pecados capitales, y de hecho, es la principal fuente de la que derivan los otros. Es identificado como un deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando en halagar a los otros.

En El paraíso perdido de John Milton, dice que este pecado es cometido por Lucifer al querer ser igual que Dios.

Jonathan Edwards dijo “Recuerda que la soberbia es la peor víbora que puede haber en el corazón, el mayor perturbador de la paz del alma y de la dulce comunión con Cristo. Fue el primer pecado y está en los cimientos de la casa de Satán. Es el pecado más difícil de arrancar ya que es el pecado que mejor se esconde. Muy a menudo e inconscientemente entra en la religión bajo el disfraz de falsa humildad.”

Genéricamente se define como la sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo, situación o bien en alcanzar un estatus elevado e infravalorar al contexto. También se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es superior, y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás. También se puede tomar la soberbia como la confianza exclusiva en las cosas vanas y vacías (vanidad) y en la opinión de uno mismo exaltada a un nivel crítico y desmesurado (prepotencia).

Soberbia (del latín superbia) y orgullo (del francés orgueil), son propiamente sinónimos aun cuando coloquialmente se les atribuye connotaciones particulares cuyos matices las diferencian. Otros sinónimos son: altivez, arrogancia, vanidad, etc. Como antónimos tenemos: humildad, modestia, sencillez, etc. El principal matiz que las distingue está en que el orgullo es disimulable, e incluso apreciado, cuando surge de causas nobles o virtudes, mientras que a la soberbia se la concreta con el deseo de ser preferido a otros, basándose en la satisfacción de la propia vanidad, del Yo o ego. Por ejemplo, una persona Soberbia jamás se “rebajaría” a pedir perdón, o ayuda, etc.

Existen muchos tipos de soberbia, como la vanagloria o cenodoxia, también denominada en las traducciones de la Biblia como vanidad, que consiste en el engreimiento de gloriarse de bienes materiales o espirituales que se poseen o se cree poseer, deseando ser visto, considerado, admirado, estimado, honrado, alabado e incluso halagado por los demás hombres, cuando la consideración y la gloria que se buscan son humanas exclusivamente. La cenodoxia engendra además otros pecados, como la filargiria o amor al dinero (codicia) y la filargía o amor al poder.

Ira

La ira (en latín, ira) puede ser descrita como una emoción no ordenada, ni controlada, de odio y enfado. Estas emociones se pueden manifestar como una negación vehemente de la verdad tanto hacia los demás como hacia uno mismo; un deseo de venganza que origina impaciencia con los procedimientos judiciales y que puede impulsar a saltárselos, llevando a la persona a tomarse la justicia por su mano; fanatismo en creencias políticas y religiosas, generalmente deseando hacer mal a otros. Una definición moderna también incluiría odio e intolerancia hacia otros por motivos de raza o religión, llevando a la discriminación. Entre las transgresiones derivadas de la ira se encuentran algunas de las más graves, como el homicidio y el genocidio.

La ira es el único pecado que no se relaciona necesariamente con el egoísmo o el interés personal (aunque uno puede tener ira por egoísmo).

Dante describe a la ira como «amor por la justicia pervertido a venganza y resentimiento».

Avaricia

La avaricia (en latín, avaritia) es —como la lujuria y la gula—, un pecado de exceso. La particularidad de la avaricia (vista por la Iglesia) es que se caracteriza por el deseo vehemente de adquirir riquezas y bienes en cantidades mayores de lo que es necesario para satisfacer las propias necesidades, entendiendo por necesidades todas aquellas que procuran el desarrollo integral de la persona.

Santo Tomás de Aquino afirmaba que la avaricia es «un pecado contra Dios, al igual que todos los pecados mortales, en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales».

En el Purgatorio de Dante los penitentes eran obligados a arrodillarse en una piedra y recitar los ejemplos de avaricia y sus virtudes opuestas.

De la avaricia se derivan muchos otros ejemplos de pecados, tales como: deslealtad y traición deliberada, especialmente para un beneficio personal como en el caso de quien soborna o de quien se deja sobornar; robo y asalto, especialmente con violencia; mentira y engaño; simonía; etc.

Envidia

Como la avaricia, la envidia (en latín, invidia) se caracteriza por un deseo insaciable. Pero hay dos grandes diferencias entre una y otra. La primera diferencia es que la avaricia se asocia exclusivamente con los bienes materiales, mientras que el campo de la envidia es más general, incluyendo bienes intangibles como las cualidades que tiene otra persona, etc. La segunda diferencia es que el pecado de envidia tiene una fuerte connotación personal: se desea vehementemente un bien que tiene una persona particular y concreta. El deseo vehemente va acompañado de la percepción aguda y dolorosa de que uno carece del bien que aquella persona posee, percibiéndose aquella situación como injusta o indebida según la propia visión estrecha y egocéntrica, y por tanto deseándose el mal para aquella persona, y sintiendo satisfacción si le ocurre algo malo.

La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come
Francisco de Quevedo

Dante Alighieri define la envidia como «amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos». En la Divina Comedia el castigo para los envidiosos es el de tener los ojos cosidos con alambres de hierro, como consecuencia de haberse complacido al ver a otros caer.

El primer envidioso según el relato bíblico fue Cain, que sentía hacia su hermano Abel una envidia tan profundamente perturbadora que le llevó a asesinarlo. Probablemente su envidia estaba mezclada con la soberbia, pecado capital que tiene un carácter más activo que la envidia.

Lujuria

La lujuria (en latín, luxuria, ‘abundancia’, ‘exuberancia’) es usualmente considerada como el pecado producido por los pensamientos excesivos de naturaleza sexual, o un deseo sexual desordenado e incontrolable.

En la actualidad se considera lujuria a la compulsión sexual o adicción a las relaciones sexuales. También entran en esta categoría el adulterio y la violación.

A lo largo de la historia, diversas religiones han condenado o desalentado en mayor medida o menor medida la lujuria.

Dante Alighieri consideraba que lujuria era el amor hacia cualquier persona, lo que pondría a Dios en segundo lugar. Según otro autor[cita requerida] la lujuria son los pensamientos posesivos sobre otra persona.

Por otra parte, el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE, XXII edición, 2012) define el significado y uso apropiado de la palabra «lujuria» de dos maneras: Como un «Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales». O como el «Exceso o demasía en algunas cosas».

Gula
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Actualmente la gula (en latín, gula) se identifica con la glotonería, el consumo excesivo de comida y bebida. En cambio en el pasado cualquier forma de exceso podía caer bajo la definición de este pecado. Marcado por el consumo excesivo de manera irracional o innecesaria, la gula también incluye ciertas formas de comportamiento destructivo. De esta manera el abuso de sustancias o las borracheras pueden ser vistos como ejemplos de gula. En La Divina Comedia de Alighieri, los penitentes en el Purgatorio eran obligados a pararse entre dos árboles, incapaces de alcanzar y comer las frutas que colgaban de las ramas de estos y por consecuencia se les describía como personas hambrientas.

Pereza

La pereza (en latín, acedia) es el más «metafísico» de los pecados capitales, en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple «pereza», más aún el «ocio», no parecen constituir una falta. Hemos preferido, por esto, el concepto de «acidia» o «acedía». Tomado en sentido propio es una «tristeza de ánimo» que aparta al creyente de las obligaciones espirituales o divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital. Tomada en sentido estricto es pecado mortal en cuanto se opone directamente a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos a Dios. De esta manera, si deliberadamente y con pleno consentimiento de la voluntad, nos entristecemos o sentimos desgana8​ de las cosas a las que estamos obligados; por ejemplo, al perdón de las injurias, a la privación de los placeres carnales, entre otras; la acidia es pecado grave porque se opone directamente a la caridad de Dios y de nosotros mismos.

Considerada en orden a los efectos que produce, si la acidia es tal que hace olvidar el bien necesario e indispensable a la salud eterna, descuidar notablemente las obligaciones y deberes o si llega a hacernos desear que no haya otra vida para vivir entregados impunemente a las pasiones, es sin duda pecado mortal.