Siempre Juntos con Lizmar y Eliu Ramos: Retiro de Febrero Desde Casa…

La Lic Irma Herrera nos trae la charla que trata el apostolado adolescente. Luego meditamosn textos del Pasa Francisco sobre la Santa Misa:
«Sin el domingo no podemos vivir»

Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada
hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental
para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la
Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con
Dios.
No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo
entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por
defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para
participar en la misa dominical. En el año 304, durante las
persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de
África, fueron sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y
fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les
preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente
prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que
quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir,
nuestra vida cristiana moriría.
De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo
del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el
último día» (Juan 6, 53-54).
Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque
celebraban la eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede
renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque esta nos da la vida
eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte.
Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué
significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa
y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que
«fluye agua viva» para la vida eterna, que hace de nuestra vida un
sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros
un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa
eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos atrae y nos transforma en su
comunión de amor.
En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas
preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o
descubrir, cómo a través de este misterio de la fe resplandece el amor
de Dios.
El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de
conducir a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza
del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo
realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la
Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva
gracias a ella.
Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la
formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera
renovación. Y es precisamente éste también el objetivo de este ciclo de
catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don
que Dios nos ha donado en la eucaristía.
La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra
vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión
y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace
presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del
mundo» (Homilía en la santa misa, Casa S. Marta, 10 de febrero de
2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces nosotros
vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el
sacerdote celebra la eucaristía… y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el
Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna
persona muy importante del mundo, seguro que todos estaríamos cerca
de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa, ¡ahí está
el Señor! Y tú estas distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto.
«Padre, es que las misas son aburridas» —«pero ¿qué dices, el Señor es
aburrido?» —«No, no, la misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se
conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien está allí!».
¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la
pasión y la muerte redentora del Señor».
Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas. Por
ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al
principio de la misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros
habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? Tú no sabes
qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así [hace un gesto
confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la
cruz. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada.
Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor.
Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz. Y estas
lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo
tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la
lectura de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en
un determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice:
«levantemos el corazón»? No dice: «¡Levantemos nuestro móviles para
hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo que a mí me da
mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo
muchos teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos
sacerdotes y también obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un
espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por
esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere decir esto?
Recordadlo: nada de teléfonos.
Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es
esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los
sacramentos. La pregunta del apóstol santo Tomas (cf.Juan 20, 2 5), de
poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el
deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que
santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo,
tocarlo para poder reconocer.
Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos
y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor
de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él.
Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera
redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración
eucarística, y que, una vez desvelada, da pleno sentido a la vida de cada
uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo tramo de camino.
Gracias.
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La misa es el momento privilegiado de estar
con Jesús
Audiencia general · 15 de noviembre de 2017
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Para
comprender la belleza de la celebración eucarística deseo empezar con
un aspecto muy sencillo: la misa es oración, es más, es la oración por
excelencia, la más alta, la más sublime, y el mismo tiempo la más
«concreta». De hecho es el encuentro de amor con Dios mediante su
Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.
Pero primero debemos responder a una pregunta. ¿Qué es realmente
la oración? Esta es sobre todo diálogo, relación personal con Dios. Y el
hombre ha sido creado como ser en relación personal con Dios que
encuentra su plena realización solamente en el encuentro con su
creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con Dios.
El libro del Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y
semejanza de Dios, el cual es Padre e Hijo y Espíritu Santo, una relación
perfecta de amor que es unidad. De esto podemos comprender que
todos nosotros hemos sido creados para entrar en una relación perfecta
de amor, en un continuo donarnos y recibirnos para poder encontrar
así la plenitud de nuestro ser.
Cuando Moisés, frente a la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios,
le pregunta cuál es su nombre. ¿Y qué responde Dios? «Yo soy el que
soy» (Éxodo 3, 14). Esta expresión, en su sentido original, expresa
presencia y favor, y de hecho a continuación Dios añade: «Yahveh, el
Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (v.
15). Así también Cristo, cuando llama a sus discípulos, les llama para
que estén con Él. Esta por tanto es la gracia más grande: poder
experimentar que la misa, la eucaristía, es el momento privilegiado de
estar con Jesús, y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.
Rezar, como todo verdadero diálogo, es también saber permanecer en
silencio —en los diálogos hay momentos de silencio—, en silencio junto
a Jesús. Y cuando nosotros vamos a misa, quizá llegamos cinco minutos
antes y empezamos a hablar con este que está a nuestro lado. Pero no es
el momento de hablar: es el momento del silencio para prepararnos al
diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al
encuentro con Jesús. ¡El silencio es muy importante! Recordad lo que
dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro
con el Señor y el silencio nos prepara y nos acompaña. Permaneced en
silencio junto a Jesús. Y del misterioso silencio de Dios brota su Palabra
que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es
realmente posible «estar» con el Padre y nos lo demuestra con su
oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira en lugares
apartados a rezar; los discípulos, viendo esta íntima relación con el
Padre, sienten el deseo de poder participar, y le preguntan: «Señor,
enséñanos a orar» (Lucas 11, 1). Hemos escuchado en la primera
lectura, al principio de la audiencia. Jesús responde que la primera cosa
necesaria para rezar es saber decir «Padre». Estemos atentos: si yo no
soy capaz de decir «Padre» a Dios, no soy capaz de rezar. Tenemos que
aprender a decir «Padre», es decir ponerse en la presencia con
confianza filial. Pero para poder aprender, es necesario reconocer
humildemente que necesitamos ser instruidos, y decir con sencillez:
Señor, enséñame a rezar.
Este es el primer punto: ser humildes, reconocerse hijos, descansar
en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los cielos es
necesario hacerse pequeños como niños. En el sentido de que los niños
saben fiarse, saben que alguien se preocupará por ellos, de lo que
comerán, de lo que se pondrán, etc. (cf. Mateo 6, 25-32). Esta es la
primera actitud: confianza y confidencia, como el niño hacia los padres;
saber que Dios se acuerda de ti, cuida de ti, de ti, de mí, de todos.
La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse
sorprender. El niño hace siempre miles de preguntas porque desea
descubrir el mundo; y se maravilla incluso de cosas pequeñas porque
todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario
dejarse maravillar. En nuestra relación con el Señor, en la oración
—pregunto— ¿nos dejamos maravillar o pensamos que la oración es
hablar a Dios como hacen los loros? No, es fiarse y abrir el corazón para
dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender por Dios que es siempre el
Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un
encuentro vivo, no es un encuentro de museo. Es un encuentro vivo y
nosotros vamos a la misa no a un museo. Vamos a un encuentro vivo
con el Señor.
En el Evangelio se habla de un cierto Nicodemo (Juan 3, 1-21), un
hombre anciano, una autoridad en Israel, que va donde Jesús para
conocerlo; y el Señor nos habla de la necesidad de «renacer de lo alto»
(cf.v. 3). ¿Pero qué significa? ¿Se puede «renacer»? ¿Volver a tener el
gusto, la alegría, la maravilla de la vida, es posible, también delante de
tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de nuestra fe y este
es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de
recomenzar. ¿Nosotros tenemos este deseo? ¿Cada uno de nosotros
quiere renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Tenéis este deseo
vosotros? De hecho se puede perder fácilmente porque, a causa de
tantas actividad, de tantos proyectos que realizar, al final nos queda
poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: nuestra vida
del corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con
el Señor en la oración.
En verdad, el Señor nos sorprende mostrándonos que Él nos ama
también en nuestras debilidades. «Jesucristo […] es víctima de
propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino
también por los del mundo entero» (1 Juan 2, 2). Este don, fuente de
verdadera consolación —pero el Señor nos perdona siempre— esto,
consuela, es una verdadera consolación, es un don que se nos ha dado a
través de la Eucaristía, ese banquete nupcial en el que el Esposo
encuentra nuestra fragilidad. ¿Puedo decir que cuando hago la
comunión en la misa, el Señor encuentra mi fragilidad? ¡Sí! ¡Podemos
decirlo porque esto es verdad! El Señor encuentra nuestra fragilidad
para llevarnos de nuevo a nuestra primera llamada: esa de ser imagen y
semejanza de Dios. Este es el ambiente de la eucaristía, esto es la
oración.

EXAMEN DE CONCIENCIA:
1. “Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Mt 22, 19). ¿Me doy cuenta del gran don de la Eucaristía, que hemos recibido de Dios? ¿Con qué frecuencia participo en la Santa Misa y comulgo?

2. “Quien come este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 58). ¿Procuro dar gracias a Dios después de recibirlo en la Eucaristía? ¿Trato a Jesús como rey, médico, maestro y amigo? ¿Pongo en sus manos mis alegrías, tristezas, dificultades, uniéndolas al Sacrificio de Cristo?

3. “Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1Co 11, 26). ¿Soy consciente de que en la Santa Misa se vuelve a hacer presente el Sacrificio del Calvario, en favor de la humanidad? ¿Busco el perdón de Dios en el sacramento de la Confesión, periódicamente y siempre que sea necesario? ¿Pongo los medios a mi alcance para facilitar que quien necesite confesarse, pueda hacerlo antes de ir a comulgar? En la iglesia, ¿procuro recogerme y rezar, antes del comienzo de la celebración?

4. Los primeros discípulos “perseveraban asiduamente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). ¿Hago lo que está en mi mano para participar en la Santa Misa con toda mi familia? ¿Rezo por ellos, y por toda la Iglesia, por el Papa y los Obispos, por la Obra y sus apostolados, por mis necesidades concretas?

5. “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). ¿Pido a Dios, especialmente en la Cuaresma, la gracia de enamorarme más de Él? La consideración de la Pasión de Cristo, ¿me mueve a renovar el deseo de no pecar más? ¿Desagravio cuando veo que se ofende a Dios?

6. “Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 17-18). ¿Busco pequeñas mortificaciones que hagan la vida agradable a los demás? ¿Procuro sonreír habitualmente? ¿Acepto con alegría las contradicciones?

7. “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros” (Col 3, 13). ¿Sé quitar importancia a las pequeñas disputas o incomprensiones que se pueden dar en mi hogar? ¿Evito reñir delante de los hijos para que no se formen un juicio equivocado? ¿Cuento con la ayuda de los Ángeles custodios, para adivinar las necesidades de mi esposa y de mis hijos? ¿Me cuesta perdonar?

8. “Todo cuanto hagáis hacedlo de corazón, como hecho para el Señor y no para los hombres” (Col 3, 23). En mi trabajo, ¿procuro terminar bien mi quehacer, por amor a Dios? ¿He descubierto el valor del trabajo oculto que sólo ve Dios?

9. “Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos” (Mt 6, 28-29). ¿Vivo demasiado pendiente de las modas, del afán de tener lo último o de concederme un capricho? ¿Sé actuar con templanza? ¿Procuro formar a mis hijos en responsabilidad, sugiriéndoles en alguna ocasión prescindir de gustos, comodidades, etc.? ¿Presto atención a su forma de vestir, enseñándoles a presentar una imagen que se corresponda con quiénes son, con quién están, a dónde van, etc.?

10. El Señor entabla una conversación exigente, con un joven que tenía muchas posesiones. ¿Hablo de Dios a la gente joven, y les muestro con mi ejemplo el atractivo de ser generoso con Él? ¿Les aliento a mostrarse solidarios dedicando algo de su tiempo a personas necesitadas? ¿Pido ayuda a los Ángeles custodios para vencer la vergüenza, la comodidad y el temor a quedar mal?

11. “A tu misma alma la traspasará una espada” (Lc 2, 35). ¿Descubro la presencia de la Virgen, Madre de Jesús y Madre nuestra, en la Misa y a lo largo de mi jornada, y amo como Ella la voluntad de Dios?

Acto de contrición